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 Mi madre era una santa

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MariCruz
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MensajeTema: Mi madre era una santa   Mi madre era una santa Empty9/1/2007, 08:27





MI MADRE ERA UNA SANTA

Fr.Eusebio Gómez Navarro O.C.D



Aquella madre no tenía tiempo para nada, ni para estar con sus hijos. Se había quedado sola en la vida y con su trabajo los tenía que sacar adelante. Le faltaba tiempo, pero le sobraba amor. Sabía lo importante que eran los detalles pequeños, demostrarles de mil maneras que los quería. Así, al más pequeño con el que apenas podía estar, cuando llegaba del trabajo, le colocaba una pulsera de tela con perfume de rosas, del mismo que usaba ella, para que se acordara de que le amaba durante la noche y el día.


De todo hay en la vida, de madres que dan la vida por sus hijos y de madres que los abandonan. De hijos que respetan y veneran a sus madres hasta el final y de aquellos que las ignoran y se olvidan de su existencia. De esto hablan los casos que voy a contar.


Una mañana, dice Nayda, mientras me preparaba para ir a la montaña a visitar unas amigas, Josefa me pidió que la llevara a ver a su hija, había tenido una recaída pues padece de epilepsia y temía morir sin verla.

Josefa lleva en el Hogar seis años abandonada por sus hijos, como es natural la acompañé aunque yo no sabía para donde iba pero ella sí conocía el camino. Después de dar muchas vueltas llegamos a la casa, ella misma, con manos temblorosas tocó la puerta y mientras esperábamos que se abriera yo le preguntaba con insistencia ¿está segura que es aquí? Ella repetía constantemente “ ella vive aquí, yo sé que está aquí”. Después de un largo rato de espera se abrió la puerta y apareció un hombre con ojos soñolientos, le pregunté que si conocía a Josefa y mi sorpresa fue cuando me dijo “es mi mamá”. Le miré fijamente y sólo le pude decir “¿No saludas a tu madre? Yo no sabía que existías, pues esta mujer que dices es tu madre lleva seis años en el Hogar y ni siquiera cooperas con una visita”. El hombre bajó la cabeza y no dijo nada. Josefa se le acercó y la abrazó.


Gracias a Dios son más las personas que sí reconocen a sus madres y les tienen un amor eterno. Recuerdo con emoción cuando escuché el testimonio de un hombre cuando hablaba de su madre. “Cuando oigo hablar de las madres se me aguan los ojos’. Mi mamá era mi tesoro, nunca encontraré alguien como ella.

Yo recuerdo que siempre estaba pendiente de mí y de mis hermanos, se fijaba con qué salíamos y con qué llegábamos ¡ay de aquel que llegara con algo ajeno a la casa! Cuando me casé pasé mucho trabajo, no me acostumbraba a la comida de mi esposa, no me sentía bien con la ropa que me preparaba, como mamá vivía cerca tuvo que encargarse de eso al principio. Yo estaba tan apegado a ella que pensaba que ella nunca moriría, cada vez que pensaba en eso no podía evitar llorar, pero le pedía a Dios que me diera fuerzas para poder estar a su lado en ese doloroso momento. Algo que a ella le gustaba era la leche y yo como tenía vacas le preparaba un jarrito de leche y se lo llevaba todos los días.

Cuando estaba muriendo pasaba mucho tiempo a su lado contemplándola ya no comía y yo como vi que ya se me iba le pregunté si quería un jarrito de leche, me miró y me dijo que sí, yo corrí a mi casa y la preparé, tomé la leche caliente y se la llevé, se la tomó toda, cerró los ojos y se quedó sin vida. Yo salí como un loco a avisarle a mi hermano y sólo le pude decir ‘se murió mamá’ una sola vez, cuando iba a repetir “se murió mamá” no supe de mí. Ella fue y seguirá siendo alguien especial en mi vida”.


Durante la beatificación del hermano Hilario, de La Salle -inmolado en Tarragona durante la Guerra Civil-, el Papa citó las palabras del nuevo beato, quien decía:


“Mi madre era una santa. La recuerdo sirviendo siempre a mi padre, a sus hijos, a familiares y a los pobres. Durante su vida mi madre esparció dulzura y amor. El recuerdo de mi madre me anima, me sostiene, me sigue y jamás se borrará de mí.”


Boussuet decía: “Los grandes hombres se han formado gracias a las manos de sus madres”, a esas manos amorosas y generosas.
Es cierto que “Amor saca Amor”, decía Santa Teresa de Jesús, refiriéndose a las muestras de amor de Jesucristo dadas a los seres humanos y a la respuesta que suscita en los buenos corazones. Es regla de oro que ha de seguirse si se quiere que prospere y dé fruto abundante de bien, de felicidad y de paz cualquier proyecto de vida familiar cristiano.


“Pon amor donde no hay amor y sacarás amor”, decía san Juan de la Cruz. Es ley de vida: si se quiere cosechar amor, hay que sembrar amor; si se quiere cosechar odio, resentimiento, indiferencia, hay que sembrar lo mismo.
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